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Experimentación con goldfish: historia de un superviviente.
Elena Cardo (Gaua)

Hoy miro al acuario, y le veo allí, tan grande, moviendo elegantemente su enorme cola, despreocupado, como si el tiempo no importara para él. Quizás sea cierto, puede que él no se acuerde del día que nuestros destinos se cruzaron, pero yo no lo olvidaré.

Todos conocemos que desde siempre se han venido realizando experimentos con animales. En la mayoría de las ocasiones, se realizan con fines médicos, para testar medicamentos antes de administrarlos al hombre; algunos de los resultados de estos experimentos salvan vidas hoy en día. Sin embargo, también sabemos que a veces se realizan experimentos que no tendrán ningún valor científico, puesto que ya sabemos de antemano sus resultados, y otros experimentos de los que podemos valorar sus consecuencias sin necesidad de utilizar animales para ello, por ejemplo, con otras técnicas.

Lo que tal vez no conocíais, era que nuestros tan queridos goldfish pueden y son utilizados en algunas ocasiones como animales de experimentación, y como en el caso del que tuve conocimiento, experimentos cuya finalidad es ciertamente discutible. Quisiera contaros esta historia de mi lucha por conseguir que se suspendiera este experimento en la facultad de Biología de la universidad.

Un buen día de noviembre del 2001, tras finalizar mis clases en la universidad, subí al autobús para volver a mi casa, como siempre solía hacer. Y cual fue mi sorpresa al encontrarme a una amiga que hacía varios años que no veía. Pero ciertamente, hubo otra cosa que me sorprendió: llevaba un pequeño acuarito de transporte de plástico, con apenas medio litro de agua, con su asa y su tapa, que contenía un pequeño goldfish. Sorprendida y con curiosidad, le pregunté el motivo de llevar ahí al pececillo, y ella me comentó que era parte de un experimento de la facultad de Biología, en la que ella estudiaba. Según me dijo, un profesor les había mandado comprar un pequeño pez de agua fría (animal barato, fácil de conseguir y relativamente sencillo de mantener) para realizar el experimento, que consistía en: mantener al pececillo en el acuarito de un litro, administrarle diariamente una cantidad perfectamente controlada de alimento seco y sacarlo del agua, colocarlo sobre una superficie seca y pesarlo en una balanza de precisión, para ver cuánto peso ganaba según la cantidad de comida que se le daba. No todos debían administrarles la misma cantidad de comida, unos más, otros apenas una ínfima ración, pues en eso consistía el experimento: en observar la velocidad de crecimiento en relación a la cantidad de comida administrada. Los que no tenían balanza electrónica en casa, debían llevar al pez a la universidad para pesarlo.

Triste destino para estos peces, teniendo en cuenta, además, que ninguno de los estudiantes tenía nociones básicas de acuariofilia, ni siquiera las necesarias para poder mantener a su pececito. Durante el corto viaje en autobús, aproveché para darle unos breves y útiles consejos a mi amiga sobre cómo hacer los cambios de agua parciales, diarios, por supuesto; cómo utilizar agua declorada y tapar la pecera con un trapo oscuro para evitar estrés al pez cuando lo tuviera que llevar a la universidad. También le dije que estaría dispuesta a quedarme con su pez, un pequeño cometa, cuando terminara el experimento, pues yo tenía ya a mi pez Sabri, e intentar buscar un hogar más adecuado para los de sus compañeros, si no tenían intención de cuidarlos correctamente en un acuario más grande.

Pasé un mes sin tener noticias de mi amiga ni del experimento hasta que un día recibí una llamada telefónica suya, solicitando mi ayuda. Por lo visto, el profesor había decidido que el experimento no era válido puesto que todos los peces habían muerto antes de tiempo, unos antes que otros, y los alumnos habían comprado nuevos peces para sustituirlos, con lo que el experimento ya no era válido. Triste y resignada por todo lo que estaba oyendo, le pregunté por el pequeño cometa. Ella me explicó que ese era el motivo de su llamada, pues era el único pez de los que inició el experimento que había sobrevivido, pero ahora no tenía buen aspecto, apenas se movía, pues según ella su madre el fin de semana le había sobrealimentado. Sin duda la descomposición de la comida y los altos niveles de amonia lo habían afectado.

Inmediatamente le dije que me lo trajera a mi casa, ¡tenía que intentar salvarlo! Fui a esperarla a la estación, cuando la veo bajar apesadumbrada del autobús, mi corazón me dio un vuelco, ahí estaba el pequeño cometa, en el fondo de su acuarito de plástico, de costado, boqueando sin apenas moverse. Sin saber muy bien lo que hacía, agarré la pecera y salí corriendo hacia mi casa, ante la sorprendida mirada de mi amiga.

Observé que no estaba muerto, respiraba débilmente... ¿era posible? ¡el pequeño superviviente no había perdido sus ganas de vivir!... Pasó dos días en un estado muy débil, apenas se movía. Mis padres lo miraban con tristeza, y yo me resigné, pues ya había perdido las esperanzas de que se recuperara. Pero al tercer día por la mañana, sorprendida, le veo nadar suavemente en el acuario. El pequeño luchador ... había ganado su pequeña gran batalla por la vida.

Cuando se recuperó completamente, lo puse en el acuario de 40l. con mi querido macho Sabri. Aquí podéis ver una foto suya tiempo después, cuando cumplió 6 meses conmigo. Luego los tuve que cambiar de acuario, puesto que crecieron mucho.

Y cómo es él ahora, en el nuevo acuario. Se ha convertido en un pez muy hermoso, de casi tres años y unos 15 cm de cuerpo, y cuya larga cola le hace alcanzar el tamaño de un folio de papel, casi 28 cm de longitud total.

Ahora disfruta además de la compañía de otros cuatro compañeros más. Ha crecido con ellos, jugado con ellos, incluso ha cortejado a la hembra blanca y a la oranda … y han formado un bonito grupo.

Quisiera comentaros además, que tras conocer los desastrosos resultados del experimento, acudí a hablar con el profesor. Éste reconoció lo lamentable de la experiencia, y la verdad no tuve que convencerle mucho, él ya había accedido a no volver a repetir el experimento con los goldfish.

Por esto he querido compartir esta historia con todos vosotros, pues somos muchas personas las que amamos a los animales y tratamos de que vivan lo mejor posible en su pequeño hábitat. Nada mejor que aprender a cuidarlos como necesitan, pues ellos dependen de nosotros para vivir, aunque también nos pueden ofrecer mucho … Y como ejemplo en mi memoria siempre quedará ese gran pez que nada despreocupado en su acuario, ese pequeño superviviente que quizás ya ha olvidado que un día no perdió sus ganas de vivir …

Elena C. (Gaua)


Elena Cardo, española y también conocida bajo el nombre de Gaua, es moderadora del foro de discusión de Dr. Pez y cuenta con extensa experiencia en el cuidado del Goldfish.